Las 18 PEOR maneras de gastar dinero

Mira.

Gastar dinero no tiene ningún mérito.

Lo difícil es gastarlo bien.

Porque para gastar mal no necesitas conocimientos financieros, disciplina ni inteligencia.

Solo necesitas una tarjeta.

Y ganas de hacer el gilipollas durante unos minutos.

Aquí tienes 18 formas de hacerlo.

1. Prestar dinero a amigos o familiares

Prestar dinero a un amigo es maravilloso.

Hasta que quieres recuperarlo.

Ahí descubres que ya no tienes un amigo.

Tienes un deudor con el que compartes recuerdos.

“Tranquilo, hermano, el viernes te pago”.

Ese viernes no llega.

Llega otro viernes.

Y otro.

Y tú, que prestaste 500.000 pesos, terminas sintiéndote mal por preguntar por tus propios 500.000 pesos.

Porque ahora el malo eres tú.

“Es que estás muy pendiente de la plata”.

Sí.

Es que era mía.

Qué concepto tan revolucionario.

Y luego está el familiar.

Peor.

Porque a un amigo puedes dejar de hablarle.

A tu cuñado te lo encuentras en Navidad.

Con tu dinero.

Comiendo lechón.

2. Construir en la casa de los suegros

Esto me parece una inversión magnífica.

Pones tus ahorros.

Construyes.

Remodelas.

Compras los ladrillos.

Pagas la mano de obra.

Y cuando terminas tienes…

Nada.

Porque la casa está a nombre de tu suegro.

Es decir, acabas de financiar una propiedad ajena con una eficiencia que ya quisieran algunos bancos.

“Pero es para nosotros”.

Sí.

Hasta que un día dejan de ser “nosotros”.

Y entonces descubres que la pared que levantaste con tanto cariño ahora pertenece legalmente a un señor que te llama “mijo”.

Yo no sé tú.

Pero para eso prefiero comprar criptomonedas.

3. Gastarlo antes de tenerlo

Este es precioso.

Todavía no te han pagado y ya te gastaste el dinero.

Ni siquiera ha llegado.

Pero tú ya lo repartiste.

“Cuando me paguen compro el televisor”.

“Con la prima pago la tarjeta”.

“Cuando llegue el próximo contrato arreglo el carro”.

Y cuando finalmente llega el dinero…

Desaparece.

Porque ese dinero no llegó.

Llegó directamente a pagar las decisiones que tomaste cuando eras pobre pero soñabas como millonario.

Es una especie de viaje al futuro.

Solo que vuelves endeudado.

4. Casarse por la iglesia y hacer fiesta

No tengo nada contra casarse.

Tengo algo contra gastarse una fortuna para demostrarle a 180 personas que te casaste.

La iglesia.

El salón.

El vestido.

El fotógrafo.

Las flores.

El DJ.

La comida.

La mesa de dulces.

El señor que hace humo.

La señora que hace fotos mientras tú finges que no la ves.

Y todo para que seis horas después alguien diga:

“Qué bonita estuvo la boda”.

Sí.

Muy bonita.

Costó lo mismo que un apartamento.

Pero bonita.

Y lo mejor viene al día siguiente.

Abres los ojos.

Ya estás casado.

Y tienes una deuda.

Dos comienzos importantes en una sola mañana.

5. Ropa de marca

Una camiseta normal cuesta 40.

La misma camiseta con un cocodrilo diminuto cuesta 400.

El cocodrilo no trabaja.

No paga impuestos.

No cocina.

No conduce.

Pero cobra nueve veces más por vivir en tu pecho.

Y aquí viene lo divertido.

Cuando compras la barata dices:

“Es que la calidad es mala”.

Cuando compras la cara y se daña:

“Es que hay que saber cuidarla”.

No.

Se dañó igual.

Solo que esta vez lloraste en una habitación con mejor decoración.

La ropa de marca no siempre es mala compra.

Pagar diez veces más solo para que alguien reconozca el logo desde 30 metros sí es una forma bastante creativa de financiar la autoestima.

6. En casinos, lotería, bingo y apuestas

El casino tiene un negocio maravilloso.

Tú llevas el dinero.

Ellos ponen las luces.

Y al final tú les agradeces la experiencia.

“Esta vez casi gano”.

Ese “casi” debe ser una de las palabras más rentables de la historia.

Porque nunca perdiste.

Casi ganaste.

Y por eso vuelves.

“Ahora sí”.

No.

Ahora tampoco.

La lotería es todavía mejor.

Pagas para tener una probabilidad microscópica de hacerte rico y, durante unas horas, empiezas a elegir mentalmente qué Ferrari comprarás.

No tienes ni para el cambio del bus.

Pero ya estás configurando el Ferrari.

Eso sí es tener visión.

7. En aparentar

Esta es carísima.

Porque no compras algo para disfrutarlo.

Lo compras para que otro piense que puedes pagarlo.

Un reloj que no necesitas.

Un carro que no puedes mantener.

Una cena que te duele.

Un viaje que terminarás pagando durante seis meses.

Y una foto.

Siempre una foto.

Porque si nadie lo ve, parece que no pasó.

Ahí está el negocio.

Hay gente endeudándose para conseguir una foto que desaparece en 24 horas.

Y luego se preguntan por qué no progresan.

Hombre.

Porque estás pagando para que desconocidos crean que progresas.

Hace poco apareció en las transcripciones una historia perfecta sobre esto: alguien llegó a pagar 30.000 € por aparecer en Forbes aun sabiendo que el anuncio no le traería clientes. Solo quería presumir de haber salido allí. Eso resume bastante bien el problema.

Si tienes un negocio, preocúpate menos de hacerte viral.

Haz que se haga viral tu cuenta bancaria.

Eso sí sería contenido.

8. En adivinos, gurús del éxito y coach del éxito financiero

Aquí hay que tener cuidado.

Porque aparece un señor en Instagram.

Tiene un Lamborghini.

Una camisa blanca.

Una mandíbula que parece tallada por Miguel Ángel.

Y te dice que puede enseñarte a ganar dinero.

Perfecto.

¿Y cómo ganó él su dinero?

Vendiendo cursos sobre cómo ganar dinero.

Maravilloso.

El tesoro era el mapa.

Y tú compraste el mapa.

Luego viene la segunda parte.

“Debes cambiar tu mentalidad”.

Claro.

“Debes desbloquear tu potencial”.

Por supuesto.

“Debes salir de tu zona de confort”.

Ya estamos.

Y finalmente:

“Accede a mi mentoría”.

Ahí está.

El botón mágico.

Tus problemas financieros se solucionarán pagando dinero a alguien que te explica que debes dejar de tener problemas financieros.

No sé.

Lo mismo soy yo.

Pero si alguien encontró la fórmula para hacerse rico, me cuesta imaginarlo levantándose todos los días pensando:

“Voy a compartirla con 700 personas por Zoom”.

Como bien aparece en tus materiales, el patrón es bastante claro: contenido gratuito, sensación de pertenencia, promesa de transformación y después la venta de la mentoría. Incluso cuando el resultado no aparece, siempre hay una explicación nueva.

“Es que no desbloqueaste tu potencial”.

No.

Lo que desbloqueé fue el pago automático.

9. En alcohol, cigarros y vicios

Aquí directamente haces una cosa espectacular.

Compras algo.

Te lo fumas.

Te lo bebes.

Te lo acabas.

Y mañana compras más.

Es un modelo de negocio perfecto.

Para el vendedor.

Tú no.

Tú eres el cliente.

Y además eres un cliente fiel.

Hay gente que dice:

“Yo no gasto tanto en eso”.

Perfecto.

Haz una cosa.

Mira cuánto gastaste el último año.

No lo hagas si tienes presión alta.

Porque quizá descubras que te fumaste un computador.

Te bebiste un televisor.

Y te jugaste una moto en pequeñas cuotas.

Todo para terminar diciendo:

“Este año sí voy a ahorrar”.

Claro.

El próximo lunes.

El lunes es el día favorito de la gente que quiere cambiar de vida sin cambiar absolutamente nada.

10. En cosas que no usas o no necesitas

Comprar cosas que no necesitas es maravilloso.

Porque durante cinco minutos sientes que acabas de resolver tu vida.

“Esto me va a servir muchísimo”.

No.

No te va a servir.

Llevas ocho meses sin abrir la caja.

Tienes una freidora de aire que parece patrimonio familiar, una máquina para hacer waffles que vio más actividad el día que llegó y un aparato que compraste porque TikTok dijo que era “imprescindible”.

Imprescindible para quién, hermano.

Si mañana desapareciera de tu casa, probablemente tardarías tres semanas en darte cuenta.

Y luego está la frase más peligrosa del comprador compulsivo:

“Está barato”.

Que algo esté barato no significa que sea una buena compra.

Una basura de $20.000 sigue siendo una basura de $20.000.

11. En comida cara y mala

Pagar mucho por comer mal debería considerarse una forma de humillación.

Porque una cosa es pagar caro y comer increíble.

Perfecto.

Otra cosa es pagar $80.000 por un plato que parece diseñado por un arquitecto que odia la comida.

Te ponen tres hojas.

Una salsa haciendo una raya en el plato.

Una proteína del tamaño de una estampilla.

Y el mesero te dice:

“Es una experiencia gastronómica”.

Sí.

La experiencia es salir con hambre.

Lo peor es que luego llegas a tu casa y te haces un huevo con arroz.

Y ese huevo de $3.000 te hace más feliz que el plato de $80.000.

La alta cocina a veces es eso:

Pagar 77.000 pesos para descubrir que sabías cocinar mejor.

12. Gasto en influencers

Aquí ya entramos en territorio nuclear.

Estás viendo un live.

El influencer está haciendo cualquier cosa.

Tú tienes dinero.

Y decides darle dinero a alguien que ni sabe que existes.

“Le mandé una rosa”.

Luego otra.

Luego un cohete.

Luego un león.

Y de repente llevas $300.000 regalados a una persona que hace 40 minutos estaba comiendo frente a una cámara.

Lo más bonito es que el influencer ni siquiera te dice:

“Gracias, Erik”.

Te dice:

“Gracias, máquina”.

Máquina.

Has gastado trescientos mil pesos y ahora eres una máquina.

Ni siquiera eres cliente.

Eres infraestructura.

Y si esto te parece absurdo, espera a descubrir que algunas personas se endeudan para donar en directos.

El influencer termina el live.

Tú terminas el mes.

Cada uno con una experiencia completamente distinta.

13. Suscripciones a OnlyFans o plataformas similares

Aquí no voy a juzgar.

Cada uno hace con su dinero lo que quiere.

Pero sí hay algo curioso.

Pagas una suscripción mensual para acceder a contenido que probablemente podrías olvidar en aproximadamente cuatro minutos.

Y además tienes que justificarlo.

“No es por eso”.

Claro.

Es por la investigación científica.

Estás haciendo un doctorado.

Y el problema no es pagar una vez.

El problema es olvidarte de la suscripción.

Porque pasan los meses.

$10.

$10.

$10.

Y cuando finalmente miras el extracto bancario dices:

“¿Qué carajo es esto?”

Es tu doctorado.

14. Tener varias suscripciones

Netflix.

Disney.

HBO.

Prime.

Paramount.

Apple.

Spotify.

Y alguna otra que contrataste porque querías ver una sola serie.

Luego la serie termina.

La suscripción no.

Eso es maravilloso.

Ya ni sabes qué estás pagando.

Tienes acceso a 14 millones de películas y terminas viendo nuevamente The Office.

La industria consiguió algo espectacular:

Antes pagabas cable para tener 300 canales y no saber qué ver.

Ahora pagas siete plataformas para tener 300.000 cosas y tampoco saber qué ver.

Hemos avanzado muchísimo.

Antes tenías televisión por cable.

Ahora tienes televisión por cable, pero la pagas por partes y te sientes moderno.

15. En microtransacciones de videojuegos

“Solo son $2”.

Ese es el comienzo.

Dos dólares por una skin.

Otros tres por una caja.

Cinco por un pase.

Diez por una animación que dura cuatro segundos.

Y cuando te das cuenta has gastado $150 en que un personaje digital tenga unas zapatillas que tú jamás podrías comprar.

Lo verdaderamente espectacular es que después de pagar…

No tienes nada.

Bueno, sí.

Una skin.

No puedes venderla en una tienda.

No puedes usarla para pagar el arriendo.

No puedes decirle al banco:

“Este mes no tengo efectivo, pero mira qué épica está mi espada”.

Y el banco:

“Entendido, señor. Procederemos a embargarle el dragón”.

16. Comer en centros comerciales o aeropuertos

Hay dos lugares donde el precio de la comida pierde completamente la cordura:

el aeropuerto y el centro comercial.

En el aeropuerto una botella de agua cuesta como si viniera embotellada por el Papa.

Y en el centro comercial pagas $50.000 por una hamburguesa que probablemente llegó congelada hace tres semanas.

Pero como tiene luces bonitas y un señor con gorra diciendo “bro” detrás de la caja, aceptamos.

Lo mejor es cuando miras el precio y dices:

“Bueno, ya estoy aquí”.

Esa frase ha destruido más cuentas bancarias que muchas crisis económicas.

“Ya estoy aquí”.

Sí.

Y también estás a punto de pagar el doble por una comida mediocre.

17. Gastar para intentar impresionar a alguien

Esta es especialmente peligrosa.

Porque puedes gastar una fortuna intentando impresionar a una persona que ni siquiera estaba impresionada.

Cena cara.

Ropa nueva.

Perfume.

Hotel.

Regalo.

Viaje.

Todo para que al final la otra persona diga:

“Qué lindo”.

Qué lindo.

Acabas de gastar medio salario para recibir dos palabras.

Y encima luego llega el mensaje:

“Eres una gran persona, pero te veo como amigo”.

Perfecto.

Gastaste $700.000 para financiar una amistad.

Eso sí es capitalismo emocional.

Y si tienes que endeudarte para que alguien piense que eres interesante, probablemente el problema no era el restaurante.

18. No tener control de los gastos hormiga

El gasto hormiga es peligrosísimo porque nunca parece importante.

Un café.

Una gaseosa.

Un domicilio.

Una aplicación.

Un snack.

“Son solo diez mil”.

Claro.

El problema es que tienes 40 hormigas.

Y todas tienen tarjeta.

Una no te arruina.

Cuarenta todos los días sí.

El gasto hormiga funciona precisamente porque es demasiado pequeño para que te importe y demasiado frecuente para que puedas ignorarlo.

Al final del mes no sabes dónde se fue la plata.

No desapareció.

Se fue caminando.

En pequeñas cuotas.

Y lo más gracioso es que muchas veces buscamos una gran solución para un problema que estamos creando con veinte pequeñas estupideces diarias.

Así que la próxima vez que digas:

“Yo no sé en qué se me va el dinero”.

Revisa.

Porque probablemente no se fue.

Lo mandaste tú.

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